martes, 20 de agosto de 2013

El hueco antes que un parche

La verdad es que por la calle usted puede encontrar cualquier tipo de personas. Pero hay lugares y lugares, y personas y personas. Y quizás haya alguien que no me crea esto, pero el que quiera comprobarlo, tendrá que ir hasta Puriales de Caujerí….Usted decide.
Estaba yo en una clínica estomatológica en la más oriental de las provincias cubanas, esperando a que mi papá resolviera una batalla campal con una muela hacía tres días. Yo esperaba en lo banquitos fuera del salón, cuando una muchacha de unos treinta y pico cortos, al parecer, me vio cara de preocupada y me preguntó si estaba para atenderme. Brevemente le contesté: “No, es mi papá”. Y aquí en Cuba eso es suficiente para comenzar una conversación que a veces termina con el cuéntame-tu-vida de alguna o ambas partes.
Su sonrisa mostraba solo un cuarteto de dientes en la mandíbula superior. Los cuatro incisivos eran los únicos sobrevivientes –pensé- de toda una proeza  estomatológica que seguramente me contaría.
Y fue así que, sin preguntar, ella misma me dijo que un día, cortando leña en los montes cerca de su casa, se dio con la parte sin filo del hacha en uno de los impulsos para ir sobre el madero. Perdió varios dientes y cuando llegaron hasta el pueblo, no hubo modo de salvárselos.
La cara de dolor de la joven haciendo el cuento, y recordando cuánto sufrió en las extracciones, de pronto se iluminó. Y con tremenda fuerza continuó diciendo que era tanto aquello que había pasado, que decidió tomar una medida radical para nunca más tener un  problema semejante: se sacó todos los dientes.
Y yo, consciente de los adelantos en la medicina y de los esfuerzos que se hacen para llevar la cultura del cuidado de los dientes a todo el país, me estremecí –también pensando en mi papá y en cualquier influencia dentro del salón que lo dejara sin muela-.
Tuve que preguntar. Ahora sí no tenía opción. “¿Hija, y por qué hiciste eso?” Recibí una respuesta que me mostraba cuatro perlitas de alegría. Supe entonces que una estomatóloga amiga suya le fue sacando los dientes y muelas de cuatro en cuatro, a petición de la paciente… ¡De cuatro en cuatro! “Y así es mejor, niña. Más nunca he tenido dolor de muelas y nunca los tendré. Y mucho menos me tendrán que hacer zzzzzzzzzzzz con la maquinita esa. Deberías decirle a tu papá que haga lo mismo, para que se quite eso de arriba”.
Yo casi muero. Pero mantuve la calma y la paciencia pensando que mi papá sería lo suficientemente no-valiente como para dejarse sacar la muela y sus adyacentes.
Pero, señores, eso no es todo. A mi ingenuo comentario de “bueno, por lo menos te dejaste algo para la sonrisa” –respecto a los cuatro dientes de arriba- recibí una contesta llena de un inexplicable orgullo y digna de tomarle la presión a cualquiera: “son postizos”.
Salí corriendo para la puerta del salón de estomatología a ver mi papá, que daba saltos en el sillón a cada embestida del obturador para el empaste. Más tranquila, regresé al banco, pensando que por lo menos él regresaría con su muela. Ella me miraba y reía con su amplia sonrisa lisa y rosada, y exhibía aquella planchita como souvenir insólito de su “proeza” estomato-ilógica.

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